
La ventaja de un “Abogado” o alguien que se le asemeje, es que es el “Doctor”, aunque la persona no tenga el susodicho Doctorado, Maestría, Título o incluso Diploma de Bachiller, algo así como “el enviado”. En buena cuenta, etimológicamente esta palabra aborrecida por casi todo el mundo significa “El llamado”. El Abogado siempre tiene la “solución” que puede entenderse en doble connotación. Una en sentido de tácita aceptación de triunfos pírricos, pues el poder judicial ejecutará la sentencia en término pretérito si es que puede recuperarse o detentar lo pretendido. Y la otra más sencilla pero dolorosa: joderte el bolsillo y por tanto la existencia si es un perfecto pericote o un animal de mierda. Pero igual, como somos masoquistas e hipócritas debemos saludar con deferencia: Buenos días Doctor, cómo le va Doctor, qué quiso decir Doctor, gracias Doctor. Cuando eres un pinche iniciado y aunque tengas cancha o seas un 10 en leyes no te hacen caso; pero cuando el asunto revienta y un jefe estatal tiene problemas recién recuerda todas las cosas que le fueron advertidas, acude a tu persona con silencio: ha pasado esto shistt., top secret, top secret. No se tiene la sensatez de reconocer que fue advertido, pero sí la tremenda concha de requerir “recomendaciones” de arriba para echar tierra al asunto como quien pisa una cucaracha rumbo al baño del bar cercano a tu chamba. En cambio los que no son “doctores” son bajoneados, insultados, vilipendiados, apenas oídos y tratados como orates del Larco Herrera. ¡Regrésate está mal! Le falta una coma! Es con negrita! ¡“Estado” es con mayúscula! siendo apabullados con huaycos de memos y atorándose con expedientes. Empecé a sentir un inexorable sentimiento de culpa, siempre quise ser Abogado, es más gané juicios derruyendo acusaciones sobre presuntas raterías imputadas a mis queridos clientes, que en su mayoría terminaban cabeceándome luego de obtener el resultado positivo, abusando de mi inexperiencia. Concluí que en todas las universidades debiera haber un curso el ultimo año denominado “Cuánto cobrar y cómo cobrar”. He tenido clientes que me han pagado luego de dos años de ganar el juicio, habiendo destinado a la gestión de cobranza toda clase de artimaña, desde padecer un supuesto cáncer terminal hasta argüir deleznablemente que si no me pagaban “el caso se iba a reabrir”. Este sistema que nadie entiende pesa sobre el Estado como el estigma de Gestas, el ladrón malo que botadazo le reclamó a Jesusíto: ¡¿No eres Tú el Mesías? Sálvate a Ti mismo y a nosotros! En otras palabras:No seas floro y sácanos de este par de palos para seguir choreando carajo (no había abogados para los judíos en Galilea por ser bárbaros bajo las leyes romanas; presumo por eso el reclamo, si Gestas hubiése tenido Abogado, seguro habría estado chupando con Poncio Pilatos luego de leído el fallo). No recuerdo cuando fui “llamado” para ser “el llamado”, lo curioso es que antes de entrar a la universidad a parte de tocar muy bien trompeta, joder a mis padres y profesores, era un pelotero pistero y de tierra terrible e incansable. Hasta ahora no tengo vacaciones, y cada vez que me hallo en una juerga insaciable con rubias heladas, piscos sours, margaritas y cubas libres , en mi mente martillea la insoportable levedad del ser que me dice “tienes que chambear”. Cuando ello ocurre siento que mi existencia es cagona y me someto como una meretriz impúdica al sistema concluyendo que debí haber sido futbolista. Tal vez tuviese un Lamborghini y un Ferrari como el del negro Farfán y el cholo Sotil respectivamente, diez hembras echándome aire como si fuera Ramses II, una sarta de sobones a mis pies, el grito de mi hinchada en cada gol o pelota recuperada y dos reportajes dominicales al cumplir 60 años con una panza rellena de cerveza, tacus tacus, y harto arroz con chancho. Pero la vida es así, acabé el derrotero de pelotero frustrado cuando me expulsaron 10 fechas en la tercera división del desaparecido club “Jules Rimet” de mi barrio, limitándome al fulvaso luego del fulbito lleno de lisuras y tacles malintencionados para ganar la apuesta y chupar hasta morir, mientras mi cabeza se iba llenado de leyes en la universidad, de maneras para conspirar y llegar al poder como fuere.

¡Ad vocatus de todo el Perú! Uníos! Pues el gremio se ha proletarizado.
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